¿Alguna vez has sentido que, justo cuando todo parece estar bien, empiezas a inquietarte?
Quizá tienes un día tranquilo, no hay problemas importantes que resolver y, sin embargo, te cuesta relajarte. Tu mente empieza a buscar motivos de preocupación, anticipas posibles dificultades o aparece esa sensación difícil de explicar de que algo malo podría suceder.
Resulta contradictorio. Llevas tiempo deseando tener un momento de tranquilidad y, cuando finalmente llega, no consigues disfrutarlo.
¿Por qué a veces nos cuesta tanto sentirnos en calma, incluso cuando no existe ningún problema aparente?
La respuesta puede estar relacionada con nuestra historia personal, las experiencias que hemos vivido y la manera en que hemos aprendido a responder al estrés y a la incertidumbre.
¿Por qué podemos sentirnos inseguros cuando todo está bien?
Nuestro cerebro está preparado para detectar posibles amenazas y ayudarnos a responder ante ellas. Cuando percibimos un peligro, se activan una serie de respuestas que nos permiten reaccionar: aumenta nuestra atención, podemos experimentar tensión muscular y nuestros pensamientos se orientan hacia lo que está sucediendo.
Se trata de un mecanismo natural y necesario para nuestra supervivencia.
Sin embargo, cuando atravesamos periodos prolongados de estrés, incertidumbre o situaciones amenazantes, podemos volvernos especialmente sensibles a determinadas señales de peligro.
En algunas personas, esta sensibilidad se mantiene incluso cuando las circunstancias han mejorado.
Por eso, aunque racionalmente sepamos que estamos en un entorno seguro, podemos seguir experimentando inquietud, preocupación o dificultades para relajarnos.
Porque saber que estamos a salvo y sentirnos seguros no siempre es lo mismo.
Cuando vivir en alerta se convierte en algo habitual
Imagina que durante una etapa de tu vida has tenido que prestar mucha atención al estado de ánimo de las personas que te rodeaban.
Quizá necesitabas anticiparte a sus reacciones para evitar conflictos, controlar lo que decías para no provocar discusiones o permanecer pendiente de cualquier señal que indicara que algo iba mal.
En ese contexto, prestar atención a lo que sucedía a tu alrededor podía ayudarte a manejar situaciones difíciles.
Con el tiempo, esa manera de responder puede convertirse en un patrón habitual.
Una de las manifestaciones más intensas de este estado es la hipervigilancia, caracterizada por una atención excesiva hacia posibles amenazas, incluso cuando no existe un peligro evidente.
Puede aparecer en diferentes problemas psicológicos, entre ellos los relacionados con la ansiedad y el trauma, aunque no toda preocupación o dificultad para relajarse constituye hipervigilancia.
En la vida cotidiana, algunas señales de alerta elevada pueden ser:
- Necesitar tenerlo todo bajo control para sentir tranquilidad.
- Anticipar constantemente posibles problemas.
- Sobresaltarse fácilmente ante ruidos o situaciones inesperadas.
- Interpretar pequeños cambios en el comportamiento de otras personas como señales de que algo va mal.
- Experimentar tensión física o mental durante los momentos de descanso.
- Tener dificultades para desconectar de las preocupaciones.
Mantenerse continuamente pendiente de lo que podría suceder puede resultar agotador y dificultar la capacidad de disfrutar del presente.
¿Qué papel tienen nuestras experiencias anteriores?
Las experiencias que vivimos influyen en cómo interpretamos el mundo, qué esperamos de los demás y cómo reaccionamos ante determinadas situaciones.
Cuando hemos atravesado circunstancias difíciles, podemos aprender a asociar ciertos comportamientos, ambientes o situaciones con la posibilidad de experimentar malestar.
Pensemos, por ejemplo, en alguien que ha vivido una relación de pareja marcada por discusiones frecuentes e impredecibles.
Es posible que, tiempo después, en una relación diferente y estable, experimente inquietud cuando su pareja permanece en silencio o cambia ligeramente de expresión.
Aunque no exista un conflicto real, esa situación puede recordarle experiencias anteriores y activar una respuesta emocional de inseguridad.
Esto sucede porque nuestras respuestas no dependen únicamente de lo que ocurre en el presente, sino también de cómo interpretamos lo que ocurre a partir de nuestros aprendizajes.
A veces, una situación aparentemente inofensiva puede despertar emociones que tienen más relación con nuestra historia que con lo que está sucediendo en ese momento.
No obstante, es importante señalar que estas respuestas no siempre tienen su origen en experiencias traumáticas. El estrés acumulado, la ansiedad, las preocupaciones actuales o determinados hábitos de pensamiento también pueden explicar por qué algunas personas encuentran difícil relajarse.
Cuando la tranquilidad se interpreta como una señal de peligro
En ocasiones, el problema no es únicamente que nos cueste relajarnos, sino lo que pensamos cuando intentamos hacerlo.
Pueden aparecer pensamientos como:
«Todo está demasiado tranquilo».
«Seguro que algo va a salir mal».
«No debería confiarme».
«Si dejo de preocuparme, no estaré preparada para lo que pueda pasar».
Detrás de estas ideas puede existir la creencia de que preocuparse continuamente es una forma de prevenir problemas o mantener el control.
Desde esta perspectiva, relajarse puede interpretarse como bajar la guardia y quedar expuestos a posibles dificultades.
Así, la persona puede terminar buscando nuevas tareas, anticipando escenarios negativos o manteniéndose constantemente ocupada para evitar esa sensación de incertidumbre.
Aunque estas conductas pueden proporcionar alivio momentáneo, a largo plazo pueden reforzar la idea de que solo es posible sentirse seguro cuando todo está bajo control.
Y lo cierto es que la seguridad emocional no consiste en tener la certeza de que nada malo va a ocurrir, sino en desarrollar recursos para afrontar la incertidumbre sin vivir permanentemente en alerta.
¿Se puede aprender a disfrutar de la calma?
Sí. Aunque cambiar patrones que llevan mucho tiempo presentes no siempre resulta sencillo, es posible desarrollar formas diferentes de relacionarnos con nuestras emociones y con la incertidumbre.
El primer paso suele ser comprender qué nos sucede, sin juzgarnos por ello.
En lugar de reprocharnos que no sabemos relajarnos, podemos empezar a observar qué ocurre cuando intentamos hacerlo.
¿Aparecen pensamientos negativos? ¿Sentimos que deberíamos estar haciendo algo? ¿Nos preocupa perder el control? ¿Experimentamos alguna sensación física desagradable?
Reconocer estas respuestas permite empezar a identificar los factores que contribuyen a mantenerlas.
También puede resultar útil aprender a diferenciar entre lo que está ocurriendo realmente y aquello que tememos que suceda, cuestionar la necesidad de anticipar todos los escenarios posibles y practicar una mayor tolerancia a la incertidumbre.
En algunos casos, introducir progresivamente espacios de descanso o actividades agradables puede ayudar a recuperar la capacidad de disfrutar de momentos que antes generaban inquietud.
No se trata de obligarnos a estar tranquilos ni de eliminar cualquier preocupación.
Se trata de aprender que podemos experimentar cierta incertidumbre sin necesidad de permanecer constantemente preparados para lo peor.
¿Cuándo puede ser útil acudir a terapia psicológica?
Sentir preocupación o atravesar periodos en los que nos cuesta relajarnos forma parte de la experiencia humana.
Sin embargo, cuando la sensación de alerta es persistente, provoca un malestar significativo o interfiere en el descanso, las relaciones o las actividades cotidianas, puede ser conveniente buscar ayuda profesional.
La terapia psicológica permite explorar los factores que están contribuyendo a mantener estas dificultades y trabajar sobre ellos.
Dependiendo de cada caso, la intervención puede centrarse en identificar patrones de pensamiento, desarrollar estrategias de regulación emocional, reducir conductas de evitación o abordar experiencias traumáticas que continúan generando malestar.
El proceso es diferente para cada persona y requiere una valoración individualizada.
El objetivo no es dejar de sentir miedo o preocupación, sino conseguir que estas emociones no condicionen de manera desproporcionada nuestra forma de vivir.
No necesitas vivir permanentemente preparada para lo peor
Quizá durante mucho tiempo anticiparte a los problemas, controlar lo que ocurría a tu alrededor o mantenerte pendiente de las reacciones de los demás fue una manera de afrontar situaciones difíciles.
Comprender cómo se han desarrollado estas respuestas puede ayudarte a reconocer cuáles siguen siendo útiles y cuáles están limitando tu bienestar.
Aprender a estar en calma no significa olvidar lo que has vivido, ignorar los riesgos o confiar en que nunca aparecerán dificultades.
Significa poder disfrutar de los momentos de tranquilidad sin sentir que necesariamente debes estar esperando a que algo los interrumpa.
Porque vivir con mayor tranquilidad no significa que nunca vayan a aparecer problemas, sino que no necesitas vivir como si estuvieran a punto de llegar.
María González | Psicóloga
MG Psicología · Terapia presencial y online

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